RELATOS



En este apartado publicaré algunos de mis escritos.





EL HALCÓN



Ella iba corriendo por el bosque. Acababa de tener una discusión con su señora, a la que servía desde que sus padres murieron en un incendio años atrás. Lloraba amargamente no por la discusión sino por su vida, una vida desafortunada. Cierto era que el motivo de la bronca había sido una tontería, ya que sólo se le había roto un plato, pero su señora (casada con uno de los hombres más ricos de la aldea al que ni siquiera quería) la despreciaba por sus humildes y desgraciados orígenes. La había insultado, recordándole que estaba allí por ella (Si, claro, como si no quisieras echarme, pensó con amargura) y había estado a punto de pegarle.



Se detuvo, comprobando que estaba en un punto del bosque muy tupido y espeso. Se sentó en un tocón y enterró la cara entre las manos, dispuesta a llorar hasta quedarse seca.



Así la encontró él; halló a una muchacha llorosa y desdichada que con toda probabilidad no había pasado muchos momentos alegres. Quiso acercarse a consolarla, pero se contuvo. Decidió hablarle desde la oscuridad y el anonimato que le proporcionaban los árboles al atardecer.



–¿Qué os ocurre, muchacha?



Ella se asustó al oír aquella voz sugerente y profundamente embaucadora que la estremecía desde las sombras.



–¿¡Quién sois!? ¡Dejaos ver! ¡¡En verdad me estáis asustando!!


–Responded primero a mi pregunta y contestaré.

–¡No me ocurre nada que sea de vuestra incumbencia, señor! ¡Dejaos ver o me iré!

–¿A dónde? No tenéis algo a lo que llamar verdaderamente hogar ni sentís aprecio alguno por la señora que dice acogeros; estáis sola, llorando. Responded con verdad, ¿qué os ocurre?

Ella alzó la cabeza, impresionada, mirando hacia todas partes e intentando discernir la identidad de aquél que hablaba. 

–Parecéis saber de mí más que yo misma. ¿En verdad tenéis la necesidad de preguntarme o lo hacéis por regodearos en mi desgracia? ¿Quién sois?

–Por nada del mundo quisiera heriros. Mi nombre... es Halcón. ¿Y el vuestro?

–¿Y si no quiero responderos, señor Halcón, porque parece que no hacéis otra cosa que burlaros de mí?

–Entonces seréis una maleducada quebrantadora de implícitas promesas.

Ella abrió la boca con estupor; quizás fue ese sentimiento el que le llevó a aclararse la garganta y contestar.

–Anne.

–Muy bien, Anne. Ahora decidme, ¿qué ha hecho esta vez la señora? -Se lo contó todo. No veía quién estaba escuchándola porque seguía entre la oscuridad de la foresta, pero sabía que atendía a cada una de sus palabras. No se planteó por qué él lo sabía todo de ella hasta que no terminó de contar su relato y así se lo preguntó– Eso ahora no importa.

–¡Sí que importa, señor, pues le estoy contando todos mis problemas a un perfecto desconocido que sabe más de lo que cualquier extraño debería conocer! Y, además, no vaya a pensar que voy a creerme su nombre, Don Halcón.

–No estamos hablando de mí. De todos modos es normal que os pregunte: habéis sido vos la que habéis irrumpido en mi casa.

–¿Perdón?

Con toda seguridad –Se dijo– el extraño estaría volviendo la cabeza y observando el bosque a su alrededor. Apreció, efectivamente, un ligero movimiento en la penumbra. Anne se acercó pero no vio a nadie y volvió a sentarse en el tocón con creciente curiosidad y cierto desasosiego. Halcón volvió a hablar.

–Según cómo lo veo tenéis varias opciones. La primera es volver por donde vuestros pies os trajeron y aguantar el resto de vuestra existencia los malos tratos de la señora. La segunda es quedaros aquí, en el bosque. Yo os mostraría sus maravillas y formas, colores, sabores, olores... La tercera es que os vayáis a la aldea y busquéis un nuevo empleo, algo que encontraréis difícil si la señora de la casa hace uso de sus malas artes al hablar con el resto de damas pudientes. La cuarta es que, con ningún recurso en vuestro haber, abandonarais la comarca. Por lo que sé no contáis con ninguna mano amiga... la opción más tentadora y segura es quedaros aquí.

–Pero...

–Volveré a este claro cuando salga la luna. Si no estáis sabré que no queréis quedaros. Si estáis... me mostraré.

Anne acertó a escuchar el aleteo de un ave entre las ramas y las hojas que tenía a su izquierda y llegó a ver una forma irregular que alzaba el vuelo y se perdía inmediatamente. Mientras enfocaba la mirada hacia el animal comprobó, no sin cierta sorpresa, que un objeto caía hacia ella como si el peso final de un péndulo invisible se tratara. Al llegar al suelo lo cogió con dedos temblorosos; no tardó ni un segundo en identificarlo como una pluma.


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No supo por qué pero se quedó. Quizás porque sentía curiosidad, porque estaba fascinada, porque nada la retenía en la realidad que dejaba atrás. También había sido decisivo el hecho de que en mucho tiempo nadie le hubiera dado una alternativa a su sufrimiento ni se hubiera dirigido a ella con amabilidad. En todas estas cosas pensaba hasta que oyó un ruido a su derecha y se giró. 

–Señor, ya veis que me he quedado. ¿Qué queréis de mí?

Anne no lo sabía, pero él estaba sonriendo. 

–¿Sabéis leer?

–¿A qué viene eso ahora?

–Leed.

Un objeto cayó a su lado y ella lo recogió y extendió. Era un papel manuscrito y parecía oficial, pero Anne no sabía qué ponía. Alzó la mirada, pidiendo a las sombras que le esclarecieran su contenido.

–Yo... yo no...

–Se dice que una sirvienta, vos, el hijo de tu señor y unas cuantas monedas de oro, plata y cobre de la señora han desaparecido... y se cree que lo han hecho juntos.

–¿¡Qué!? ¡Eso es una falacia!

Anne estaba indignada por haber sido acusada de hurto (cosa que jamás haría, aun cuando alguien se lo mereciera... y Dios sabía que nadie se lo merecía tanto como la usurera de su señora), pero perdió gran parte de su fuerza al sentir una gran confusión cuando le oyó reír.

–¿Qué sabéis de él?

–Se llama Frederick y es el hijo del señor y de la hermana mayor de la señora; se decía de ella que era hermosa, muy hermosa, y de carácter gentil. Murió durante el parto del señorito Frederick y su marido, conmocionado por su parecido con la difunta, lo relegó a existir en una de las habitaciones de la casa, sin apenas poder salir de su alcoba, viviendo entre libros y sueños... O eso se comenta, pues yo no le conozco ni he podido hablar con él. ¿¡Cómo podría escaparme si está encerrado!?

–¿Por qué nadie hace nada para salvar al muchacho de semejante destino?

Anne inspiró entre derrotada y triste cuando percibió cierto deje de amargura en la voz de Halcón, dándose cuenta de que ella no era, al fin y al cabo, la que peor vivía entre las cuatro paredes que conformaban el hogar de la señora.

–Confieso que sin verle siempre lo he tenido en mis oraciones: la señora dice que su salud es delicada y que cualquier intrusismo podría matarle –El silencio se alzó entre los dos– me da la impresión de que vos le conocéis.

–Sí.

Se perdieron los segundos y, con ellos, la paciencia de Anne.

–¡¡Me dijisteis que os descubriríais!! ¡Mostraos o me marcharé!

Escuchó crujir la hojarasca, un ruido seco y el grito de libertad de un halcón. Un pie precedió a un cuerpo al entrar un muchacho alto, moreno y de inquisitivos ojos azules en el claro del bosque con un halcón convenientemente atado sobre su enfundado brazo derecho. Le tendió la mano libre a Anne, dispuesto a besarle el dorso con cortesía una vez ella le correspondiera el gesto, cosa que no tardó en hacer a pesar de su estado de estupefacción.

–Yo soy Frederick y él es Amigo, mi halcón... y por fin somos libres. ¿Me acompañaríais a un mundo nuevo, a vivir aventuras inolvidables, a pasar página de las tragedias de nuestras vidas, a olvidar todo?

Anne cerró los ojos y suspiró, tomando una decisión que cambiaría su vida.

–Sí.



Primer premio del XX concurso de relato breve "Miguel Servet", edición 2007.







TRUCO O TRATO







Menudo día.

Hace unos años una mañana de Halloween equivalía a manicuras y pedicuras de señoras que iban a visitar a los familiares que ya no iban a levantarse de su cama de madera y tela; sin embargo, los tiempos cambian. En el centro llevamos varios días creando con esmaltes semi-permanentes kilómetros y kilómetros de telarañas, gotas de sangre cada vez más realistas. También han causado furor las uñas postizas largas, rotas y torcidas.

Movilizo un poco el cuello, buscando cierto alivio mientras en el MP3 suena Ricky Martin y su mordidita.

Menudo muerdo te daba yo, ¡moreno!

Disimulo una sonrisa, me levanto y toco el botón que hará que el conductor pare y me abra las puertas. Me dirijo a mi edificio, abro el portal y en el ascensor me da por temblar por la situación que me espera en casa.

¡Eh, eh, eh! Mi mente parece mirarme con reprobación: no se permiten bajones a más de veinte metros del piso, señorona. Porque en casa te esperan tus dos hombretones, aunque uno no llegue a los siete años y el otro…

Apago al macizorro puertorriqueño en cuestión de dos segundos, jugueteando con las llaves y limpiándome la humedad en el felpudo de Star Wars. Antes de que pueda abrir la puerta el dueño y señor de la casa, Víctor, abre la puerta de un tirón y se lanza a mis abrazos, buscando un par de achuchones muy sonoros. Soy consciente de que este tipo de contacto está en peligro de extinción bajo la amenaza de un futuro de revolución hormonal, pero mientras dure, ¡tengo que aprovechar!

–¡Hola mi bien! ¿Cómo ha ido la mañana?

–Mu bien, mami. Papi y yo hemos estado con los disfraces… ¡y moooooooooolan muuuuuchooooo! ¡¡VAMOS A DAR MUCHO MIEDO!! ¡¡¡¡SIIIIIIIII!!!!

Entro como puedo, empujo la puerta con la parte posterior del pie y me lanzo a hacerle cosquillas, consiguiendo que sus remolinos indomables se dispersen todavía más. Los bucles castaños enmarcan sus rasgos, y estos irradian felicidad infantil. Aunque el niño no lo sepa, su estado de ánimo es mi fuente de alegría desde hace meses.

La puerta de la cocina se entreabre de manera un tanto fantasmal y me llega un olor delicioso, espectacular. La boca se me hace agua al instante y, a pesar del tufillo a trampa, no dudo en darle la mano a Víctor y adentrarme en el pequeño pero funcional espacio.

Salida de un rincón de la cocina aparece de repente una máscara de muñeco de Saw que me da un susto tremendo. Grito, Víctor se ríe y Armando se quita la máscara. No puedo evitar pegarle en un brazo antes de lanzarme contra su pecho.

–Iba a decirte lo de “truco o trato”, pero ya veo que es trato…

Me estrecha contra sí, obsequiándome con un par de besos en el pelo. Víctor se mete entre los dos y nos exige que le alimentemos. Mi sorpresa es mayúscula cuando el pequeño me arrastra hacia la mesa y me sienta.

–Hoy soy el pinche de papá, tú a sentar.

La seriedad de su mirada me deja anonadada, así que simplemente asiento y espero. Víctor vuelve a la mesa al cabo de un par de minutos con la Tablet entre las manos. Me echo a reír y aplaudo cuando comienza a sonar el “¡Qué festín!” de la Bella y la Bestia y Armando aparece con una bandeja de lasaña entre las manos.

Ufffff…

–Pero bueno, ¿qué celebramos hoy? Y lo más importante… ¿va a volver a celebrarse? ¡Porque yo voto a favor!

Mis dos machomanes preferidos se miran y Armando empieza a desanudarse el pañuelo que se ha puesto hoy en la cabeza; ha tocado el azul zafiro acorde con unos ojos que llevan meses apagados, cansados y sin ánimo... y que hoy relucen de una manera muy particular.

–Toca…

Le paso la mano por la superficie de su cráneo y no puedo evitar reprimir un sollozo emocionado.

–¿Vuelve a crecer?

Armando asiente, vuelve a ponerse el pañuelo y me sirve un sorbo de vino para acompañar la comida.




–Pásame uno de esos gusanitos.

Armando me lo tiende con una sonrisa, arrancándole la cabeza de un mordisco a otra de las gominolas.

–Somos los peores padres del mundo, aprovechamos que nuestro hijo duerme para arrebatarle el fruto de sus esfuerzos.

–En realidad somos unos padres cojonudos: le hacemos feliz cada día, hoy nos lo hemos llevado a dar una vuelta disfrazado… y le vamos a comprar un paquete de golosinas antes de que se dé cuenta.

Nos reímos por lo bajo y hacemos chocar los gusanitos a medio comer. Le doy la mano, apoyándome en su hombro, riéndome con según qué momentos de la película que están echando. En los anuncios me da por suspirar y acariciar los brazos consumidos por la quimio y el cansancio. Pero antes eran poderosos, tostados, capaces de estrecharme con fuerza y proporcionarme placer. Dejo de lado la negatividad y me centro en estas últimas semanas: el hombre de mi vida comienza a resurgir en cuerpo y ánimo. ¡Hasta ha cocinado! Desde que empezó el tratamiento no había sido capaz de acercarse a un fogón, y para alguien que se dedica a ello la pérdida es doblemente dura.

Pero está vivo.

Me abrazo todavía con más vehemencia a su cuerpo, perdiéndome entre los pliegues de su pijama y el olor que emana de ellos. Alzo la cara y espero que se dé por aludido; termino por sentarme sobre sus muslos, disfrutando de un beso que hacía mucho tiempo que no me devolvía tan intensamente. Concedo un alto el fuego a su boca, sonrío y me dejo acariciar pegada a su cuerpo. Armando se hace con la manta de peluche que yace arrugada a nuestro lado y nos tapa, acunándome con dulzura.

–Eva, te quiero.

–Y yo quiero que vuelvas a cocinar para mí tooodos los días.

–Eso está hecho.

Le miro con amor, con orgullo, con esperanza.

–Te amo, superviviente.

Vuelve a besarme y cierro los ojos.



Susana Bielsa   31.10.2015




X



Inspiro profundamente nada más pisar tierra. La humedad de la Galia se evapora en cuanto el calor de Deus Sol Invictus toca mi piel.

Los reflejos de batalla, mermados por las heridas que surcan mi cuerpo, me hacen rozar el pugio al oír pasos en mi dirección. Cuando veo que es mi hermana Ilithyia dejo caer el petate y avanzo a su encuentro, abrazándola. Ella llora y me besa las mejillas, agradecida a los dioses por mi retorno.

Pocos minutos después devoro el cerdo, el pan y las aceitunas que Ilithyia me ofrece. Me empapo de vino especiado y noticias de lo acontecido en mi ausencia: escasez de alimentos e incomodidad ante el creciente poder de César. Miro el condumio, inapetente de improviso, apartándolo de mí al imaginar cuánto ha debido costar reunirlo. Sin esperar a nuestros padres me levanto.


La Décima debe regresar para proteger a su comandante.


Susana Bielsa para ELDE - Fase 1 LPH  10.2015





Fuego


–Oye, perdona, ¿podrías echarme un cable?
Levanto la mirada y me quedo sin habla; ante mí, una preciosidad de ojos negros y sonrisa perfecta. 
–Claro.
Me planta una gran magdalena en las manos, rebusca en su bolso hasta encontrar una vela y la clava cuidadosamente en el postre. Se lleva la diestra al bolsillo, extrayendo un zippo. Inspira hondo y hace rodar la piedra. 
Sólo saltan chispas. 
Miro al techo, intentando no reírme, pero ella me pilla y enrojece.
–No sé cómo va, ¿vale? Me lo ha dejado el novio de mi hermana, la cumpleañera.
Su voz me deja medio tonto. Intenta sacar llama un par de veces más, pero sólo consigue hacerse una quemadura en el pulgar. Maldice por lo bajo, chupándose el dedo herido y lagrimeando más por frustración que por dolor. 
No puedo evitar cogerle el mechero acariciándole la mano. Enciendo su objetivo y sonrío, intercambiando con ella una mirada ardiente.
–¡Ya está! Tu hermana ya puede celebrar su cumpleaños.
Doy un paso hacia atrás, depositando en sus manos la magdalena. Sin mediar palabra me besa, acariciándome los labios con los suyos suavemente.
–Muchas gracias.
Y me guiña un ojo antes de volverse.


Susana Bielsa para ELDE - Fase 2 LPH  11.2015



Elabor bajo asedio


Gêniura escupe al suelo, adornando con saliva y sangre la tierra. El mundo de Elabor era frondoso, bosque en toda su extensión; ahora no se ve nada más que páramo yermo y chamuscado por efecto del enemigo.

La elfa inspira hondo y comienza a sustraer energía del arma del semi-humano más cercano, un ser recompuesto cibernéticamente que la mira con ojos vacíos. El oído biónico de él y la gran capacidad auditiva de ella consiguen captar un pitido proveniente de la pistola láser entre el concierto de disparos y estertores: Gêniura ha descargado la energía del dispensador de muerte para poder sanar sus heridas.

Con la fría eficacia de un robot, el soldado se despoja del arma inutilizada para poder luchar con la espada sónica. Ataca a la muchacha con ímpetu, el mismo que ella utiliza para rechazar todos sus envites. El filo de acero élfico ha sido convenientemente mejorado para la ocasión, no se parte ni se deforma, aunque sí se embebe de la sangre y el aceite del enemigo un par de veces. Las heridas hacen mella en el atacante, que al final trastabilla y le muestra un punto débil. Con un grito de triunfo, la joven se abalanza sobre su cuerpo, cortando cables y músculos vitales por igual.

La respiración entrecortada e irregular de la elfa se calma al cabo de pocos segundos, solo los que necesita para recuperar el aliento y elegir un nuevo objetivo.

La batalla acaba de comenzar.



Susana Bielsa para ELDE - Fase 3 LPH  12.2015



La magia de Tokyo 





En plena carrera el hechizo de ocultación falla, permitiendo que sus verdaderos cuerpos sean visibles. Las puertas del metro se cierran antes de que sus perseguidores puedan traspasarlas; Junko y Shin se abrazan, rodeados de decenas de personas que leen y escuchan música, hablan con otros compatriotas o simplemente duermen. Shin mira hacia los paneles de información para ubicarse, pasando por alto los carteles de los próximos estrenos (Ninja Turtles 2; Warcraft: el Origen). 

–Hemos cogido el metro en Kanda; tendremos que hacer transbordo en Ginza para poder llegar a Nakano-Sakaue.

–¡Eh, pero qué cosplay más chulo! ¿Es de Milanoo?

–No.

–Ah… ¿de Assist Cosplay?

La chica que le está preguntado examina las ropas rasgadas y ensangrentadas, que dejan entrever una piel azulada de la que mana una especie de líquido verde. La pareja va vestida de calle, pero parece sacada de cualquier edición del Final Fantasy: no sólo su piel presenta un color atípico, sus orejas son puntiagudas y alargadas, miden unos treinta centímetros más que la media japonesa y sus ojos son oscuros, profundos y grandes. El ser que se hace llamar Shin pierde la paciencia, fija sus pupilas en ella y realiza un gesto de mano.

–Ẓäᶁ ἐᶇ sṍaɾḝԃ.

La muchacha pone los ojos en blanco y se gira hacia el asiento vacío más cercano.




–Quédate quieta.

Junko gimotea cuando Shin le quita lo que queda de ropa. La sangre ha pegado los jirones de tela a la piel, pero es vital retirarla antes de comenzar el proceso de curación para que ningún fragmento textil quede enterrado en su cuerpo.

–¿Qué vamos a hacer? 

Shin niega con la cabeza, sin saber muy bien qué contestarle. Sus perseguidores, criaturas oscuras llamadas Ҝюϩσ, buscan aniquilar a los últimos miembros de su estirpe, los Verayandas. Shin y Junko, que antes se llamaban Aren y Lanora, son naturales del corazón del Amazonas, de una aldea de seres capaces de canalizar la energía de su entorno en su propio beneficio.

Shin coge aire, abarca todo el espacio disponible a su alrededor y comienza a acumular energía. Sus manos se iluminan, dejando entrever todo su sistema circulatorio e intramuscular. Las bombillas parpadean hasta apagarse, privadas del voltaje necesario para funcionar. Shin no llega a rozar el cuerpo de su esposa: saltan chispas cuando deja los dedos a un centímetro, cicatrizando al instante todas las heridas de Junko, que se retuerce semidesnuda sobre su cama por el dolor punzante que provoca el hechizo. Al cabo de pocos minutos la luz regresa y Junko se limpia las lágrimas y el sudor del rostro. Shin la observa y se incorpora. Cinco minutos después ha imprimido varias capturas del mapa de Tokyo y se las muestra a Junko.

–¡No podemos seguir huyendo! Debemos enfrentarlos, debemos luchar. Nos han pillado desprevenidos, pero podemos hacerles frente.

–Aren…

–No puedo hacer esto sin ti.

Intercambian una mirada profunda que se torna decidida. Junko agarra las hojas, dispuesta a realizar un hechizo localizador.


Susana Bielsa, Crossover 1  11.2015





En el desguace de Larry, Bloomfield, Michigan.





La mente me va a mil revoluciones por segundo. Intento patalear, pero no tengo espacio suficiente para coger impulso y forzar la cerradura del maletero. Huele fatal, estoy hundido en una especie de gelatina y tengo la espalda dolorida por haber aterrizado sobre algo que pincha. Consigo liberarme de la corbata con la que me han amordazado y grito, aunque el olor me marea al respirar.



–¡¡YO NO HE SIDO!!



–¡Silencio, chivato! –Me llega una carcajada desde el otro lado de la carrocería– Dale un besito a Jimmy de nuestra parte.

Me doy la vuelta, gritando y conteniendo una arcada. Comparto espacio con un cadáver. Araño el maletero con desesperación, dejándome las uñas.

El coche se mueve de improviso y cae desde varios metros de altura. Me revuelco en zumo de muerto, escuchando unos ruidos metálicos no demasiado halagüeños. El automóvil comienza a replegarse sobre sí mismo, partiéndome huesos y mezclando mi sangre con los fluidos ya presentes. Mi mente decide no desconectarse por el dolor que me provocan las heridas y puedo sentir cómo mi cuerpo se destruye, cómo los huesos se comprimen y rompen, cómo mi bazo explota y mis entrañas se desparraman por el maletero; el último pensamiento que me cruza la cabeza antes de que esta quede relegada a un amasijo de contenido encefálico, sangre, astillas y putrefacción es que voy a compartir tumba con Jimmy para siempre.


Susana Bielsa, Crossover 2 12.2015





Yomi



Kikyō encendió el incienso. 

Varios jirones de humo danzaron entre las luces de las velas y el rostro de la muchacha, que se preparaba mentalmente para lo que debía hacer. 

Se ajustó al pecho el peto de mimbre y acero. Procuró que su katana estuviera afilada antes de colocarla sobre sus nervudas manos y deseó la bendición de sus ancestros. Con un sutil giro de cara, sus ojos rasgados fijaron la mirada en el reloj: pasaban diez minutos del día del florecimiento de los cerezos. 

Depositó a su lado la katana y se aferró a la sabiduría de sus familiares: un manuscrito actualizado durante cientos de años (siendo su versión más moderna del siglo XIX). Releyó los kanjis, acariciando las ilustraciones que decoraban las páginas: al morir Izanami durante el parto de Kagutsuchi, su esposo Izanagi descendió a Yomi para devolverle la vida. Sin embargo, su mujer ya se había alimentado con los manjares de Yomi, convirtiéndose en un cadáver putrefacto. Izanagi rompió las reglas del inframundo y su matrimonio, despertando la ira de Izanami y procurando una maldición: la muerte de mil inocentes al día, seres arrebatados del mundo por los esbirros de ella.

Una última mirada al reloj. Kikyō se levantó y empezó a apagar velas. Debía dirigirse al monte Hiba: la entrada a Yomi.


***


Kikyō detuvo su avance, recuperando el aliento. Había tenido que abrirse paso entre montañas de gusanos que bloqueaban los pasillos; después, padeció el ataque de miles de insectos alados, cuyas mandíbulas chasqueaban fantasmagóricamente. Kikyō sentía los mordiscos como si sus exoesqueletos estuvieran hechos de fuego y rabia. 

A pesar del dolor, la muchacha comprobó que, cuanto más confiaba en sí misma, más certeras y letales se volvían las estocadas que lanzaba contra sus penúltimos enemigos físicos, demonios con forma humana y de piel color sangre. 

Dos nuevas amenazas se cernieron sobre Kikyō pasados los monstruos humanoides: susurros y una inesperada sensación de hambre. A cada paso dado, la carpanta se acrecentaba.

Atravesó grutas y portones destrozados por la muerte y el desuso hasta llegar a un salón de madera carcomida. Una fémina presidía una mesa central plena de manjares. 

Cuando Izanami se percató de la presencia de Kikyō se levantó, blandiendo dos wakizashis. 

Conforme se desgranaba la pelea e Izanami se hacía fuerte, Kikyō se sentía envejecer. También veía recomponerse a la muerta, y lo interpretó como una muy mala señal. Peleó con coraje hasta que consiguió desgarrar en dos el cuerpo de la maldita, a la que incineró con presteza y respeto para que encontrara la paz.

Una vez escapó de Yomi, Kikyō sonrió con orgullo: no se perdería ninguna vida más por culpa del dolor de Izanami.


Susana Bielsa, Crossover 4 02.2016




STREAPTEASE



—¡Nekane, te toca!

Siete mujeres se carcajean. La octava, la novia, mira el pastelito erótico con decisión, se agarra las manos detrás de la espalda y se lanza a chupar la nata que recubre su reto. 

La cuadrilla celebra entre risas su despedida de soltera. Aunque la fiesta ha empezado a la hora de comer, ha ido alargándose hasta bien entrada la tarde. 

Nekane termina, alza los brazos en señal de victoria y llega a vislumbrar su rostro lleno de nata en el espejo del salón de Maite. El timbre del piso suena; la muchacha intenta limpiarse, pero tres de sus amigas la detienen abalanzándose sobre ella, tapándole los ojos con un antifaz.

—Chicas, por favor…

—Tranquila, Nekane, ¡Antxón está de acuerdo!

Comienza a sonar Anaconda y la muchacha no puede evitar reír. Por lo que puede adivinar tocando, el boy va vestido con un atuendo largo, como si fuera una levita. Nekane se carcajea cuando desliza las manos hasta la nuez del hombre y toca el borde de un alza-cuellos. Una de sus amigas, Begoña, se acerca a su oreja.

—Ya que no os casáis por la Iglesia… ¡nosotras te traemos al cura! 

Pisadas, risas, un portazo. La muchacha intenta quitarse el antifaz, pero el striper no la deja.

—Mira, chato, estoy segura de que estas cabronas te han pagado una pasta, pero de verdad, si nos acaban de dejar a solas… no quiero que mi novio se entere y cancele la boda dos semanas antes de celebrarla.

—Tranquila, no voy a cancelar nada.

El antifaz desaparece y Nekane ahoga un grito. Antxón, bombero de profesión, descoordinado por afición, se quita la sotana al ritmo de la canción a medio terminar. Nekane le silba, abanicándose con las manos cuando se queda completamente desnudo, riéndose cuando hace un par de poses ridículas. Al final, su prometido se inclina sobre ella y la besa, lamiendo la nata aledaña a su boca con fruición. Nekane disfruta de sus caricias y de cómo desliza los dedos entre los dos para subirle la falda. Antxón intenta romperle el tanga, pero el elástico es de calidad y no cede. Nekane se separa y decide ir a cerrar la puerta, no vaya a ser que sus amigas entren de improviso. Se vuelve, dándose cuenta de que su prometido ha desaparecido del salón. La muchacha se desnuda conforme le busca hasta encontrar una habitación llena de globos.

—¿El final feliz?

Antxón se ríe y asiente, esperándola con los brazos abiertos. Se rozan con picardía, buscando calentarse y disfrutar; Nekane se arquea sobre la cama después de cinco minutos de sexo oral, recompensando a Antxón por su buen hacer acto seguido. Se funden con ansia, buscando placer en cada penetración, compartiendo besos y caricias. Un espejo de armario refleja cada uno de sus movimientos, ofreciéndoles el morbo de observar cómo se poseen. Dos orgasmos de Nekane después, Antxón disfruta del suyo con un ronco gemido y un beso muy dulce.


Susana Bielsa, Crossover 5 03.2016




LAYLA


Estás desesperado, ya lo sé.

Has tenido cinco horas para pensar en tus errores y en tus pecados, pero aun así no parecen suficientes: no estás arrepentido, solo tienes miedo.

¿Por qué tuviste que violar a la muchacha y luego extinguir su existencia al arrebatarle su último aliento? Ahora te ves encerrado aquí, una celda de acero que duplica las altas temperaturas con las que julio nos acosa. Te ves ridículo, cosa que seguramente pensaste de la chiquilla que todavía no han podido encontrar; ni yo mismo sé dónde la escondiste.

¿Cómo has tenido el valor de volver a la fiesta de disfraces? Ha pasado un año, doce meses en los que te he observado, esperando el mejor momento. No soy mejor que tú, pero al menos soy diferente, porque sé sobre quién debo descargar mis instintos. Y ahora que te veo suplicando por ti, vestido de Highlander, me das… asco. Estoy seguro de que pensaste que podrías volver a atraer a otra inocente, emborracharla y llevártela. Y luego… ¿qué?

Cuando te he preguntado si recordabas su nombre me has dicho que no sabías quién era, y lo decías de verdad. Ni siquiera te has molestado en aprendértelo, en hacer que alguien sepa dónde está, pero hoy lo van a descubrir.

A pesar de tener un ojo hinchado, llegas a ver cómo arrastro la cámara delante de ti y esta se enciende tras un breve toque.


—¿Dónde está Layla?

Susana Bielsa, Crossover 6 04.2016



RECOMPENSA


Robo, entrega del material y pago por los servicios. ¡Ojalá fuera siempre tan fácil! Esta vez se habían librado durante la rueda de reconocimiento por pura suerte, pero la próxima… 
Jo aparta el pensamiento, sonríe al entrar al Mustang del 67 y le enseña el osito a Shimizu. Jo saca su cúter del bolso, abriendo el vientre del peluche acto seguido. Lo hace con cuidado, con mimo, intentando no dañar la recompensa que está en su interior.
Que debería estar en su interior.
El gesto de ambas es de genuina estupefacción al intercambiar una mirada.
—Igual me he confundido de bicho, aunque… —Despliega la nota del comprador—. “Coge el segundo osito, segunda estantería de la derecha. Calle Mott, tienda roja”.
La rubia aplaca su desconcierto tragando saliva. Tira el bicho destripado a sus pies y sonríe.
—¿Vas a volver?
Jo asiente y sale del coche palpándose los bolsillos. Percibe que se ha dejado el pase de metro y vuelve a entrar. Una arcada de terror le sobreviene al asimilar la escena: el peluche se vuelve, enfocando los botones en su dirección, mostrando su relleno manchado de sangre. Saca el cúter del cuerpo de Shimizu y salta sobre Jo.

Susana Bielsa, Crossover 7 04.2016

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