sábado, 31 de octubre de 2015

Truco o trato

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¡A las buenas, queridos furcifans!

Hoy la entrada viene cargadita: para empezar, contaros que estoy bien después de la operación. Todavía me duele toda la zona de puntos y me he puesto morada como una berenjena, pero espero salir de esta; os puedo asegurar que esta mañana no las tenía todas conmigo, incluso he estado a punto de irme a Urgencias. Ahora mismo voy un poco drogada por efecto de la medicación, así que si veis alguna errata o una ida de pinza unicornio a la vista perdonádmelo.

Por hablaros de la operación… lo confieso: el jueves me asusté porque hubo complicaciones durante la intervención (de durar unos 25-30 minutos pasé a estar una hora y media ahí tumbada) pero gracias al saber hacer del equipo que me lleva atendiendo estos (casi) dos años he salido adelante y me voy a poner bien ^^ Eso sí, espero que esta sea la definitiva.

¡La vida sigue! Y no podría continuar de mejor manera: acabo de ver que las organizadoras del B’Radic (evento al que asistí en Barcelona de literatura romántica / erótica y en el que me lo pasé muy bien) han lanzado un órdago en forma de “reto romántico de Halloween”. Así que voy a aprovechar que tengo la sangre un tanto alterada por efecto de los nolotiles y me voy a poner un rato, a ver qué sale…







Menudo día.

Hace unos años una mañana de Halloween equivalía a manicuras y pedicuras de señoras que iban a visitar a los familiares que ya no iban a levantarse de su cama de madera y tela; sin embargo, los tiempos cambian. En el centro llevamos varios días creando con esmaltes semi-permanentes kilómetros y kilómetros de telarañas, gotas de sangre cada vez más realistas. También han causado furor las uñas postizas largas, rotas y torcidas.

Movilizo un poco el cuello, buscando cierto alivio mientras en el MP3 suena Ricky Martin y su mordidita.

Menudo muerdo te daba yo, ¡moreno!

Disimulo una sonrisa, me levanto y toco el botón que hará que el conductor pare y me abra las puertas. Me dirijo a mi edificio, abro el portal y en el ascensor me da por temblar por la situación que me espera en casa.

¡Eh, eh, eh! Mi mente parece mirarme con reprobación: no se permiten bajones a más de veinte metros del piso, señorona. Porque en casa te esperan tus dos hombretones, aunque uno no llegue a los siete años y el otro…

Apago al macizorro puertorriqueño en cuestión de dos segundos, jugueteando con las llaves y limpiándome la humedad en el felpudo de Star Wars. Antes de que pueda abrir la puerta el dueño y señor de la casa, Víctor, abre la puerta de un tirón y se lanza a mis abrazos, buscando un par de achuchones muy sonoros. Soy consciente de que este tipo de contacto está en peligro de extinción bajo la amenaza de un futuro de revolución hormonal, pero mientras dure, ¡tengo que aprovechar!

–¡Hola mi bien! ¿Cómo ha ido la mañana?

–Mu bien, mami. Papi y yo hemos estado con los disfraces… ¡y moooooooooolan muuuuuchooooo! ¡¡VAMOS A DAR MUCHO MIEDO!! ¡¡¡¡SIIIIIIIII!!!!

Entro como puedo, empujo la puerta con la parte posterior del pie y me lanzo a hacerle cosquillas, consiguiendo que sus remolinos indomables se dispersen todavía más. Los bucles castaños enmarcan sus rasgos, y estos irradian felicidad infantil. Aunque el niño no lo sepa, su estado de ánimo es mi fuente de alegría desde hace meses.

La puerta de la cocina se entreabre de manera un tanto fantasmal y me llega un olor delicioso, espectacular. La boca se me hace agua al instante y, a pesar del tufillo a trampa, no dudo en darle la mano a Víctor y adentrarme en el pequeño pero funcional espacio.

Salida de un rincón de la cocina aparece de repente una máscara de muñeco de Saw que me da un susto tremendo. Grito, Víctor se ríe y Armando se quita la máscara. No puedo evitar pegarle en un brazo antes de lanzarme contra su pecho.

–Iba a decirte lo de “truco o trato”, pero ya veo que es trato…

Me estrecha contra sí, obsequiándome con un par de besos en el pelo. Víctor se mete entre los dos y nos exige que le alimentemos. Mi sorpresa es mayúscula cuando el pequeño me arrastra hacia la mesa y me sienta.

–Hoy soy el pinche de papá, tú a sentar.

La seriedad de su mirada me deja anonadada, así que simplemente asiento y espero. Víctor vuelve a la mesa al cabo de un par de minutos con la Tablet entre las manos. Me echo a reír y aplaudo cuando comienza a sonar el “¡Qué festín!” de la Bella y la Bestia y Armando aparece con una bandeja de lasaña entre las manos.

Ufffff…

–Pero bueno, ¿qué celebramos hoy? Y lo más importante… ¿va a volver a celebrarse? ¡Porque yo voto a favor!

Mis dos machomanes preferidos se miran y Armando empieza a desanudarse el pañuelo que se ha puesto hoy en la cabeza; ha tocado el azul zafiro acorde con unos ojos que llevan meses apagados, cansados y sin ánimo... y que hoy relucen de una manera muy particular.

–Toca…

Le paso la mano por la superficie de su cráneo y no puedo evitar reprimir un sollozo emocionado.

–¿Vuelve a crecer?

Armando asiente, vuelve a ponerse el pañuelo y me sirve un sorbo de vino para acompañar la comida.




–Pásame uno de esos gusanitos.

Armando me lo tiende con una sonrisa, arrancándole la cabeza de un mordisco a otra de las gominolas.

–Somos los peores padres del mundo, aprovechamos que nuestro hijo duerme para arrebatarle el fruto de sus esfuerzos.

–En realidad somos unos padres cojonudos: le hacemos feliz cada día, hoy nos lo hemos llevado a dar una vuelta disfrazado… y le vamos a comprar un paquete de golosinas antes de que se dé cuenta.

Nos reímos por lo bajo y hacemos chocar los gusanitos a medio comer. Le doy la mano, apoyándome en su hombro, riéndome con según qué momentos de la película que están echando. En los anuncios me da por suspirar y acariciar los brazos consumidos por la quimio y el cansancio. Pero antes eran poderosos, tostados, capaces de estrecharme con fuerza y proporcionarme placer. Dejo de lado la negatividad y me centro en estas últimas semanas: el hombre de mi vida comienza a resurgir en cuerpo y ánimo. ¡Hasta ha cocinado! Desde que empezó el tratamiento no había sido capaz de acercarse a un fogón, y para alguien que se dedica a ello la pérdida es doblemente dura.

Pero está vivo.

Me abrazo todavía con más vehemencia a su cuerpo, perdiéndome entre los pliegues de su pijama y el olor que emana de ellos. Alzo la cara y espero que se dé por aludido; termino por sentarme sobre sus muslos, disfrutando de un beso que hacía mucho tiempo que no me devolvía tan intensamente. Concedo un alto el fuego a su boca, sonrío y me dejo acariciar pegada a su cuerpo. Armando se hace con la manta de peluche que yace arrugada a nuestro lado y nos tapa, acunándome con dulzura.

–Eva, te quiero.

–Y yo quiero que vuelvas a cocinar para mí tooodos los días.

–Eso está hecho.

Le miro con amor, con orgullo, con esperanza.

–Te amo, superviviente.

Vuelve a besarme y cierro los ojos.

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